La nueva sala Junior del Cinépolis

Antes de ser papá siempre leía que uno iba a sentir cosas distintas en las películas. Que se hacen lecturas nuevas, que “como padre” vas a pensar diferente, etc. Y la verdad es que a mí sí me pasó, pero de una forma bastante inesperada. Volví a ver películas de terror donde mueren niños, por ejemplo, y la verdad es que no fue peor, fue igual de terrible que siempre (¡no tienes que ser papá para encontrar horrible la muerte y/o el peligro de un niño!).

No fue hasta Children of Men que sentí un costalazo de emoción que hasta entonces no había florecido en mí. Verán, Children of Men es la película donde la supervivencia de la raza humana depende de una guagua, y eso es justamente lo que vive cualquier persona que tiene una guagua por primera vez. En fin, esa película siempre me gustó, pero ahora con guagua me gustó aún más, lloré más fuerte, todo era más “importante”, por Dios que es buena esa película. Pero bueno lo que quería contarles (a modo de introducción a este comentario sobre una nueva sala de cine) es que un día descubrí que el más grande cambio en mi mentalidad después de haber sido padre, fue otro. Y ocurrió en una sala de cine, así que es pertinente. Ténganme paciencia.

Recuerdo estar un día en una sala de cine, esperando que empezara Frozen. Yo todavía estaba lejos de ser padre, y fui porque siempre me han gustado las películas de animación, obvio, soy un ser humano. La cosa es que ahí estaba. Primer fin de semana de estreno. Y entra al cine una cabra chica con esas malditas zapatillas luminosas. Imagínate estás viendo una película y entra un pequeño alien con dos discotecas en cada pie. ¡¿Cómo se ponen esas zapatillas para ir al cine?!

Bueno un par de años después, y ya con una niña presente en mi vida, llegó el día en que me tocó a mí comprar de esas zapatillas. Y adivinen qué pienso ahora. Exacto, el cine es el MEJOR lugar para ir con esas zapatillas. Las posibilidades, de entrar y ver todas esas luces en la oscuridad, o pisar y tener un juego propio de iluminación. ¿Cómo pude ser tan adulto para mis cosas que no me di cuenta de eso? Con la niñita siendo parte de mi vida, incluso me acordé de todas las veces que yo mismo, siendo un enano, jugué con una linterna alumbrándolo todo, debajo de las sábanas, o metiéndome a un ropero a jugar “en la oscuridad”. ¡Esas zapatillas fueron hechas para el cine!

Como ven, lo que a mí me hizo esto del hijismo fue cambiarme el punto de vista. De adulto enojón preocupado de sus propios espacios (¡cómo anda con esas zapatillas!), a auspiciador de buenas experiencias desde el punto de vista de los niños (¡el cine es el mejor lugar para usar esas zapatillas!). Lo beneficioso del cambio es que uno anda mucho más consciente de sus propios recuerdos, y de cómo era la vida cuando uno era niño. Un montón de recuerdos que, honestamente, me hacen muy feliz y que tenía muy sepultados, pese a que me considero un sujeto bastante infantil.

En fin, sepan perdonar el desvío, pero creo que es necesario para que sepan que cuando les hablo de esta sala de cine, les estoy hablando pensando en los cabros chicos, y en sus experiencias. Adultos que rabean con los niños en cualquier parte, esto no es para ustedes. Los entiendo, no crean que no, yo estuve ahí junto a ustedes, apestado porque una niñita fue a ver una película para niñitas al cine el mismo día que yo, y con luces que me distraían a mí, el rey del universo. Pero ese adulto tuvo una cabra chica, y ahora anda buscando que ella sea más feliz que yo. Así que ya saben, este comentario es para los que están, como yo, buscándoles buenas experiencias a sus péndex, sorry.

Y bueno esta Sala Junior del nuevo Cinépolis La Reina (ex Hoyts) es el mejor invento desde las zapatillas con luces. Adentro tiene un tobogán de tubo gigante que va a dar a una piscina de pelotas, y adelante hay juegos montables, y con alfombra blandita. En resumen: heroína para los cabros chicos. Hay asientos que parecen pufs en los que uno se echa, los de la primera fila son camitas para echarse, y atrás hay sillas más normales. ¿Por qué ir a ver una película a esta lugar, se preguntarán ustedes? ¡Porque funciona! Y lo logran así: Antes de la función dejan un rato para que los cabros chicos jueguen. Después cierran la “zona de juego” y dan la película. Pero a la mitad hay un intermedio en que los cabros chicos pueden jugar otro rato, o ir al baño, etc. En la función a la que me invitaron, todos entraron y se volvieron locos jugando. Carreras para tirarse por el tobogán, griterío, pelotas volando por todas partes. Hasta que aparece el clip que dice que va a empezar la película y hay que ir a sentarse. Como sale en la pantalla y lo dice un personaje, todos los cabros chicos obedecen, así que punto para el cine. Si fuera un pobre gil de jockey intentando arrear cabros chicos, esto sería un fracaso, pero los anuncios por pantalla tienen más autoridad que la de cualquier padre. En fin, los cabros chicos se sientan y empiezan los tráilers y después la película. La que vimos nosotros fue Cold War (2018) del realizador polaco Pawel Pawlikowski nah mentira, vimos una película de monos, si era la sala Junior.

La cosa es que la atención de los cabros dura poco, entonces empiezan a preguntar si pueden volver a la piscina de pelotas. ¿Se han fijado que los cabros chicos cuando se aburren con una película preguntan “¿terminó?”? Son tan tiernos, dan ganas de decirles “mira la pantalla, ¿ves créditos acaso, o resolución clara de los conflictos? ¡no lleva ni diez minutos más encima! ¡Cómo va a haber terminado!” jajajja son tan tontos los cabros chicos, no cachan nada.

Bueno como les decía, los cabros chicos de a poco empezaron a perder interés en la película, que dicho sea de paso, no era tan buena tampoco. Yo he visto películas en que los niños enganchan, pero esta no es una de ellas, y prefiero no nombrar la película porque para qué vamos a hacer daño, si esta es una reseña de la sala, no del flim.

La cosa es que en el minuto en que ya nadie estaba pescando la película, ZUÁCATE, la proyección se detiene y se prenden las luces. ¡Intermedio! Los cabros chicos corrieron a zambullirse a la piscina de pelotas, todos los papás sacaron sus celulares al mismo tiempo, y empezó el griterío y la algarabía. Yo alcancé hasta a salir a comprar una refrescante [SU BEBIDA PODRÍA ESTAR AQUÍ]. Y cuando se terminó el intermedio, en la pantalla mandaron a los cabros chicos al asiento, y todos hicieron caso como si fuera una especie de milagro. Y no solo eso, sino que la pausa les drenó suficiente energía como para que se quedaran tranquilos hasta que terminó la película. Háganme caso, cabros, no voy a nombrar la película para no perjudicarla, pero lo más probable es que sin este intermedio, ningún cabro chico hubiese llegado hasta el final.

En fin, no sé si se dieron cuenta pero encontré la experiencia bastante satisfactoria, y por lo tanto se la recomiendo a cualquier padre o madre o tío o tía o hermano mayor o abuelito madrina novicia rebelde etc. que quiera pasarlo bien con sus niños viendo una película y jugando. Como les dije, a mí me invitaron así que no tengo idea cuánto valen las entradas, ni que películas están dando ni nada, así que no me pregunten a mí y revisen la página o hagan cualquier cosa para obtener información menos preguntarme a mí. Yo sé que volveré, y aviso al tiro que le diré a la enana que se ponga sus zapatillas con luces. Harto caras salieron, tiene que aprovecharlas.