Mi amiga del video club

Cuando estaba en el colegio, yo era de esos péndex hinchapelotas que iba al videoclub con plata apenas suficiente para arrendar una (1) película, y me quedaba ahí horas. Mirando carátulas, metiéndole conversa a los dependientes, a los demás clientes, etc. Me metía en conversaciones ajenas para recomendar películas, incluso. Como los dependientes eran apenas un par de años mayores que yo (y porque no les quedaba otra, supongo), siempre terminaban conversando conmigo, y después de un tiempo se rajaban con cosas que eran detalles nimios para ellos, pero que eran gigantes para alguien como yo. Cosas como guardarme la película que yo andaba buscando, hacer la vista gorda con la multa por el atraso, y ya más entrado en confianza, abiertamente prestarme películas, gratis.

Fósil de la prehistoria

Entre estos dependientes había una chiquilla en particular que me tenía mucha buena, que siempre se reía de mis tallas, y que era la más generosa de todos, prestándome muchas películas que ingresaba a su cuenta de empleada (ella «no la usaba tanto», me decía), haciéndome infinitamente feliz. Después de un año o más de ir a verla casi todos los días, me acuerdo que me contó que se iba a casar con su novio (un compadre igual a Nicolas Cage), y que ya no iba a trabajar más en el videoclub porque se iba a vivir no sé dónde (lejos, donde vivía el Nicolas Cage). No la vi nunca más. Fue una pena porque, aparte de los beneficios mencionados, de verdad me caía bien y lo pasaba bien con ella. Se reía de mis chistes y escuchaba mis monólogos incesantes sobre películas (cuando no usaba Internet para esos fines, eran mis cercanos los que pagaban el pato jaja). Bueno pues hoy alguien con avatar de gatito me habló por Instagram. ¡Era ella! Me vio un día en la tele hablando de películas (¿una pesadilla para ella? jajajja) y se acordó del gordito ese que vivía instalado en el videoclub. Con la ayuda de su hija de trece años me encontró en Instagram y hemos hablado toda la mañana. Me mandó una foto de un libro de Stephen King que le presté por esa época, y me contó que lo ha guardado todos estos años esperando que su hija, una ávida lectora, esté lista para leer cosas de terror. Nunca me había alegrado tanto el que no me devolvieran un libro.

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